Hambre vs. Ecología
October 14, 2006Hasta donde irá nuestra juventud en aras de un precario bienestar, es la pregunta que nos deberíamos estar haciendo en todo momento. Porque comunidades paupérrimas sin ningún futuro y enfrentando una cotidianidad sin mas armas que el hambre y el desespero están desbastando los entornos y convirtiéndose en depredadores de un ecosistema frágil y alguna veces contaminado.
Da lastima y a la vez ira que los niños para sobrevivir deban matar a garrotazos a pelícanos indefensos, flamingos rosados, micos y loros o pescar peces contaminados o recoger los que muertos nos tira la marea en la playa; Y entonces, nos volvemos a preguntar, ¿Cuál es el planeta que le estamos entregando a nuestros hijos? ¿Una gran despensa para saquear hasta que se acabe o un reservorio de alimentos para las tan mentadas hambrunas con que nos amenazan los ecologistas que sucederán si seguimos mitigando el hambre con lo que tenemos a mano?
Todo esto lo traigo a colación por la matanza indiscriminada – pues no tienen mas nada que comer – de pelícanos en una de las playas de nuestra querida Colombia, esa que es pasión y que reseña la REVISTA CAMBIO en su edición de octubre.
Pelícano ‘esmechao’
POR CARLOS VARÓN Q.Por falta de alimentos, los habitantes de Pueblo Viejo, municipio de Magdalena, cazan pelícanos para sobrevivir.
LLEVÁBAMOS MÁS de media hora esperando en silencio. El sol quemaba, el brillo del mar cegaba los ojos y una brisa suave nos cubría el cuerpo de arena. A lo lejos, grupos de pelícanos se lanzaban en picada sobre el mar en busca de alimento. Grillito, Juliette y Jean Carlos – jóvenes entre 7 y 15 años – me pidieron callarme y mantenerme al margen de una cacería de la que habría de ser testigo minutos después.
Cerca de 20 pelícanos pasaron rasando el agua. Grillito, con fuerza, tiró del extremo de una cuerda de nylon atada a un palo que habían clavado 100 metros mar adentro y vio cómo una pata de un pelícano quedaba engarzada en uno de los ocho anzuelos atados a lo largo de la cuerda. El animal intentó zafarse: se sumergió, salió a flote, volvió a sumergirse y volvió a salir a flote… Con su largo pico, intentó defenderse de Jean Carlos que minutos antes se había lanzado al agua y ahora lo golpeaba salvajemente. Fue en vano, el indefenso pelícano dejó de patalear.
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