Huellas
April 7, 2006Por: Andrés Salcedo
La calle es el coto de caza preferido del semiólogo. Que por cierto es, entre los pensadores modernos, el del oficio más poético: cazador de signos.
La calle está llena de signos y de símbolos que nos colocan, querámoslo o no, ante un pequeño juego intelectual: el querer desentrañarlos. El parpadeo de la luz de una ambulancia (¿llevarán a alguien conocido?). Los cambios de luz del semáforo. El vaivén de cabeza del perro amodorrado en el sardinel. Taxis que van y vienen (¿cuál vendrá desocupado?). La puerta asediada de un hospital. Los buses repletos de empleados. Un hombre que clava carramplones al lado de un flaco ojeroso que vende discos quemados y anda y desanda por los pasos de cebra como si jugara a la peregrina.
La calle ruidosa y promiscua atiborrada de carros, motos, pordioseros y vendedores ambulantes. Alguna vez pasa el carro de bomberos haciendo sonar la misma campana de hace medio siglo. Son vidas en movimiento. Sonidos que desatan emociones. Vehículos y objetos con significado. Con significados. Destinos que merecen ser hurgados, donde quiera que nos tropecemos con ellos. O con sus símbolos. En la acera, en el mostrador de la panadería, en el puestico de periódicos.
Pero la calle es más que ese amontonamiento de seres y enseres, de carros y cacharros. Ellas nos dan noticias de nosotros mismos, de nuestro pasado. El problema que se nos plantea a los barranquilleros de mi generación, sobre todo a quienes vivimos nuestra infancia y adolescencia en los barrios tradicionales del centro, es que hemos perdido para siempre esos referentes urbanos, esas calles, plazas, casas y árboles que, para nosotros, más que señales, eran señas de identidad. San Roque, Barrio Abajo, Chiquinquirá, el centro. Ésa es la ciudad de mi infancia. Pero esa ciudad ya no está.
Sus guitarras y sus chicharras apenas suenan en mis oídos. Habitan en mi memoria el mismo lugar donde tengo almacenada la música que pasaba la radio en aquellos años. Y la voz de Carmencita Martínez, mi primera novia. Siguen allí donde mi memoria le dejó construir el nido más grande al niño que fui y todavía soy, sin preocuparme mucho por ocultarlo.
Las calles de la Barranquilla de hoy tienen muy poco que ver con la primera época de mi vida y, puesto que estuve muchísimo tiempo fuera, esas calles son apenas saldos de mi inventario —de mi imaginario— personal. Mi Barranquilla era otra. Los santos lugares de mi niñez, la calle Santander, la placita de San Mateo, mi adorado San Roque, todo eso no es hoy más que una olla. Lo invadió y destruyó el lumpenaje, el coyaje y la delincuencia.
En mi cabeza, San Roque es una patología. Pensar en él es para mí un regreso voluptuoso y sedante a una vida anterior que estoy seguro de haber vivido, aunque no pueda mostrarle al que dude, el escenario donde ocurrieron los hechos.
Para sobrellevar la mutilación infligida al barrio donde nos parieron y aprendimos a decir no joda, los ñeros de esa época, que va de los cuarenta a los sesenta, hemos idealizado póstumamente aquel irrecuperable pedazo de ciudad.
De esa manera, y para reemplazar la ciudad que nos destruyeron, transformaron o tugurizaron, nos hemos construido un ghetto mental donde poder refugiarnos los días de pingarria posmoderna. En ese ghetto, en ese nido, están todos los recuerdos de infancia, con sus huecos, dudas, deformaciones e idealizaciones. Muchas veces, la banda sonora de esos recuerdos sale del saxofón del ‘Muñecón’ Acosta. Todavía lo oigo y lo veo ensayando en su terraza de la calle Bolívar. Soplando con los ojos cerrados ese instrumento que le dio una identidad metálica a la música de Pacho Galán.
Recordar se nos ha convertido a los curramberos ‘modelo cuarenta’ en una obsesión. Gunter Grass, pintor y premio Nobel de Literatura compara al recuerdo con un gato que quiere que lo acaricien, a veces incluso a contrapelo, hasta que lo hagan ronronear. Bueno, pues eso es lo que he hecho yo y ofrezco mis disculpas por hablar —y recordar— tanto de mí.






