La Indomable

December 11, 2005

Montañas
Via: Revista CAMBIO

La pintora antioqueña Débora Arango (1907-2005) deja una obra que marcó un hito en la historia de la plástica colombiana, testimonio de su autenticidad a toda prueba.

En la década del 60, habiéndose enterado de la existencia de una pintora antioqueña cuyas obras habían sido piedra de escándalo, la crítica de arte Marta Traba decidió que debía conocerla. Así lo hizo y tras mirar algunas de sus obras, algunos dicen que la argentina, entonces la voz más poderosa del arte nacional, le recomendó a la antioqueña que debía empezar a pintar como Alejandro Obregón. DéboraArango, por supuesto, se negó a cambiar su estilo, más cercano al muralismo mexicano que a las corrientes locales de entonces. Había librado ya muchas batallas como para abandonar sus convicciones.

Desde 1939, cuando le fue cancelada una exposición en el Club Unión de Medellín, muchas serían las ocasiones en las que una sociedad pacata y de doble moral le daría la espalda. Entonces, el periódico liberal El Diario registró el acontecimiento:

“Es incuestionable que doña Débora Arango ha tenido la osadía de torpedear directamente el casco oxidado de este inmóvil pontón que muchos llaman moralidad y que nosotros denominamos llana y simplemente gazmoñería”.

Pero Laureano Gómez, director del periódico El Siglo, emprendió una cruzada contra su pintura de desnudos femeninos después de que inaugurara una exposición en el Teatro Colón por invitación de Jorge Eliécer Gaitán. Para el dirigente conservador, Arango era una “víctima de las influencias perniciosas y antiestéticas que viene ejerciendo el Ministerio de Educación”. Eran tiempos de la administración de Eduardo Santos.

Pero no fueron sus desnudos, “paisajes en carne humana” como ella los llamó, los únicos que hicieron incómoda su obra. En varias ocasiones la Iglesia intervino, la instó a abandonar la pintura, desaconsejó su participación en el primer Salón Nacional y hasta la amenzó con la excomunión.

La publicación de algunas pinturas en la Revista Municipal de Medellín hicieron que la edición fuera recogida y destruida.

“En otra ocasión, a menos de un día de la inauguración de su primera exposición en Madrid, el mismo general Franco la mandó cerrar”, recordaba su sobrina Cecilia Londoño de Estrada a propósito de su última muestra en Bogotá en 2003.

Pero a Débora Arango nada la detuvo, nada la amilanó. Denunció la violencia, la opresión y la doble moral de la sociedad, y por eso en sus obras aparecen figuras torturadas, como las de El tren de la muerte (1950), un vagón cargado de muertos de rostros retocidos por el dolor, que pintó tras el asesinato de Gaitán y la violencia que éste desató. Las obras de su primera etapa, como Boceto a lápiz sobre papel para la acuarela El Placer (1930), La mística (1940), Friné o trata de blancas (1940), Justicia (1944), Maternidad negra (1944) y Clavel rojo (1944), son muestra de un compromiso social plasmado en un estilo figurativo expresionista; las de la madurez de la segunda mitad del siglo XX se destacan por la sátira política.

Fue durante la dictadura militar del general Pinilla y en el período del Frente Nacional cuando su obra se llenó de incisivas metáforas políticas y cuando empezaron a aparecer monjas lascivas y políticos con cuerpo de sapo y colas de lagarto.

Buena parte de la vida se le fue dando batallas contra la censura. Lo hizo con el argumento más fuerte: una obra personal, basada en convicciones estéticas y en una posición que, no pocas veces, causó escándalo entre sus contemporáneos. Fue eso lo que la convirtió en símbolo de autonomía estética, de independencia, de desobediencia y de compromiso social e ideológico.

No importa que críticos e historiadores del arte consideren su obra panfletaria. Es allí donde se expresa la actitud desafiante y rebelde de la pintora antioqueña, opuesta a las normas de la academia decimonónica y de la estética tradicional.

“Por el contenido de su obra y las reacciones que despertó en su momento –asegura Santiago Londoño Vélez, crítico y estudioso del arte–, puede considerarse que Débora Arango es la más importante pintora en la historia del arte colombiano”.

Figura de vanguardia
Extraña paradoja la de sus orígenes en la pintura. “Yo era una colegiala, una alumna del Colegio de María Auxiliadora en Medellín –contaba– Mi maestra, la hermana María Rabaccia, una religiosa italiana de exquisita espiritualidad, encontró que yo tenía facilidades para aprender a pintar y me contagió su entusiasmo por el arte”.

De ahí a sus primeras lecciones con el pintor Eladio Vélez no pasó mucho tiempo. Pero no la convenció esa vocación clásica de paisajes y naturalezas muertas. Pedro Nel Gómez (1899–1984), precursor de un estilo afín al muralismo italiano que quedó grabado en retratos y escenas de trabajo, fue su gran maestro. De él heredaría la impronta social.

“Se ha dicho que yo he realizado mi entrenamiento del desnudo bajo la tutela del maestro Pedro Nel Gómez –dijo–. Lo cierto es que todos los estudios de desnudos que he realizado los he ejecutado en mi casa, siguiendo mi propia iniciativa”.

Esa especie de militancia dificultó su ingreso en los círculos del arte nacional y explica por qué su nombre no figura en el Diccionario de artistas en Colombia (1979) de Carmen Ortega, y por qué sólo en la década del 80 se dio una suerte de redescubrimiento de su obra.


“Lo cierto es que Débora Arango fue una vanguardista total sin que nadie se lo dijera –asegura la artista Beatriz González–. Su propia inventiva la convirtió en ese personaje antiacadémico que hoy todos respetan”.

Tarde y con un bien adquirido prestigio de rebelde, llegaron las exposiciones, las entrevistas y su gran donación al Museo de Arte Moderno de Medellín. Hasta 2002, Arango nunca fue representada galería alguna, pero ese año, poco antes de su muerte, Aseneth Velásquez la convenció de exponer 40 dibujos a lápiz y carboncillo en su nueva galería de Bogotá. Aseneth no vivió lo suficiente para ver la exposición, pero su sueño se hizo realidad.

Arango pasó sus últimos días lejos del pincel, el lienzo y la paleta. Tal vez el último de sus dibujos que hizo historia fue el que le pidió el presidente Álvaro Uribe después de vistarla en su casa: un fusil. “El único fusil no oficial que se acepta en Colombia”, según palabras de Uribe.

De la artista quedan sus obras, un testimonio de vida, y una reivinicación de las mujeres que plasmó en su obras y que resumió el crítico Alberto Sierra: “Adquieren una realidad de vida íntima que apunta hacia una libertad y emancipación, tanto intelectual como sexual, hasta entonces no representada en el arte colombiano”.

Débora Arango murió la semana pasada en la vieja casona de la hacienda Casablanca, donde nació su padre, Cástor Arango, y de la cual hizo su refugio. Un refugio para ella y para su pintura.

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