No es imprescindible haber leído libro alguno, que sepa gramática y ortografía. Tampoco son necesarios estudios de ningún tipo. Agallas. Sólo se requieren agallas y una cara muy dura.
Lo suyo es la literatura pulp, el cadáver, el trampantojo, el collage, la no-literatura y cualquier expresión de nuevo cuño que ande en boca de críticos y publicistas. Todo esto para que no descubran su ignorancia a la hora de manejar las palabras o de vérselas con la página en blanco.
Busque un buen agente, alguna editorial de peso o conviértase en un chupamedios descarado de esos que salen en los papeles a diario. Es que no falla.
Cada vez que lo entrevisten hable como un semiólogo. O sea, con un lenguaje enrevesado y con una terminología rebuscada.
En materia artística todo es aprovechable: escribir sobre el parto de su perra pequinesa, dedicarle una rima a sus almorranas o desarrollar un ensayo sobre el chicle que se le ha enganchado en el zapato. No renuncie a ninguna tendencia y fusile lo más que pueda.
No tenga prurito, escrúpulo o empacho alguno en apropiarse del trabajo de sus otros colegas, tanto del patio local como extranjero. El plagio está de moda y aumentará su fama.
Aproveche cualquier motivo u ocasión para promocionar su obra y poner verde a otros escritores.
Por último, tenga en cuenta lo escrito por Félix de Azúa: “El arte contemporáneo es nuestro arte porque no cree en nada, no espera nada, no aspira a nada, no se propone nada, es nada, quiere ser nada, sólo puede querer ser nada, y se expresa como una nadería que baila graciosamente sobre la nada de un abismo al que contempla con el desprecio de los temerarios (no de los valientes), a semejanza de los adolescentes mudos, bañados de sudor y resignación, que se agitan en enormes recintos con el suelo alfombrado de psicotrópicos. Allí construyen el instante de la entrega, lo único memorable de una semana devorada por la inutilidad. Y también están en el espejo del arte contemporáneo, detenidos en su éxtasis estoico.”
Que el lector carezca de una estructura humanística, mental y cultural apropiada para distinguir una obra literaria y artística de lo que puede ser una falacia, un camelo o una tomadura de pelo, no es culpa suya. La cuestión es vender y hacerse rico.