La diferencia de Tintín
May 16, 2005
Publicado en caribaniamagazine en marzo – 2003
POR ROBERTO POMBO (tomado de la Revista Cambio 16)
Cuando era niño, en mi casa no estaba permitida la lectura de comics, lo cual era, como se entenderá, una verdadera tragedia. Era tan importante la información que brindaban esas historietas, que difícilmente se podía formar parte de ningún grupo de amigos sin saber en qué andaban Tarzán y El Llanero Solitario, Supemán y el Pato Donald y por supuesto El Santo, el enmascarado de plata. La única opción era el ingreso al tráfico ilegal de esos cuentos.
La drástica medida adoptada por mis padres se basaba en que ese tipo de lectura era un obstáculo para aproximarse a los libros de verdad, que eran los de Julio Verne o Emilio Salgari, “o cualquiera de éstos”, y le señalaban a uno el estante donde estaba la Colección Juvenil Cadete. Sin embargo, había una curiosa excepción: sí podíamos leer las aventuras de Tintín. Nunca entendimos muy bien por qué. La norma no tenía sentido, pues la mejor de todas las historias era sin duda la de los libros del célebre Hergé. Es como si a uno le prohibieran tomar todos los tragos menos whisky. En fin, así la vida era más llevadera.
“Tintín es diferente”, decían en mi casa sin mayor explicación. Hoy les encuentro la razón (no en prohibir los cómics, sino en poner a Tintín en un nivel superior), y no sólo yo, por supuesto, sino los genios internacionales en el tema, que le están rindiendo a Hergé un homenaje como uno de los grandes de la historia, en el festival mundial del cómic de Angulema, en Francia.
La diferencia de Tintín con los demás empieza por el hecho de que se trata de un personaje de ficción que vive en un mundo real. Desde su aparición en enero de 1929 con las aventuras de Tintín en la Tierra de los Soviets, hasta su última historieta 50 años más tarde, el joven reportero belga del imaginario periódico Le Petit Vingtième viaja con su perro Milú a África, a Suramérica, a Estados Unidos, a Arabia, al fondo del mar. Inclusive va a la luna, muchos años antes de que los gringos lo hicieran de verdad. La precisión histórica pero sobre todo gráfica con la que Hergé recrea esos ambientes reales en los que se mueve su personaje de mentira, le dieron a Tintín un rango superior al de las historietas corrientes. Desde sus inicios, el dibujo ha tenido un innegable sabor visual cinematográfico, lo cual es una gracia en una tira cómica que nació muy poco tiempo después de la invención del cine.
Según lo reseña Michael Farr en su libro Tintín, the complete companion, en los archivos de Hergé aparecieron las fotografías tomadas de diarios y revistas de noticias, moda, viajes, automóviles, aviación o tecnología industrial, de donde el célebre dibujante sacó copias exactas para los buques, los aviones, las indumentarias de los indios o los jefes de las tribus africanas, formas de edificios de Manhattan, las vestimentas de la operática Bianca Castafiore, los cetros, las piedras los ídolos de cultos remotos y toda la casi infinita gama de detalles que le dan un nivel de credibilidad especial a las aventuras de Tintín.
Eso sin contar con personajes de la realidad que Hergé mete en sus libros, como la cara de Rodolfo Valentino en Los cigarros del Faraón, que años después cambia por la de Kirk Douglas; o un antropólogo francés muy conocido que aparece convertido en momia en esa misma aventura.
Una de las revelaciones más interesantes de Farr es la publicación de una fotografía del semanario Le Mirroir en la que se da cuenta de la detención de un delincuente. Los dos detectives que lo escoltan de regreso a París son la imagen casi exacta de los hoy inmortales sabuesos Hernández y Fernández. La duda más inquietante para los fanáticos de Tintín es por qué en el mundo real de Hergé, tan crítico de los totalitarismos, no hay una sola palabra sobre el paso del nazismo por Europa.
El hecho es que los 20 años de la muerte de Hergé van a servir para que el mundo le rinda los homenajes que se merece ese coloso de las historias pintadas, empezando por la escultura que ya trabaja su amigo el artista Chang, personaje real y de ficción que aparece con su mismo nombre en una de las aventuras. Yo, a mi manera, también me voy a unir al jolgorio con una botella del buen whisky que tanto aprecia el capitán Haddok y me pondré a gritar sus insultos incomprensibles. Es lo menos que puedo hacer por quien logró el privilegio de ser la única excepción en el índice de los cómics prohibidos de mi infancia.






