Tongolele
May 7, 2005Tongolele:
la mujer que sonríe con las caderas
Por Ricardo Vasconcellos [ 2003 ]
Les cuento cómo la recuerdo: en lo alto de una escalinata de utilería, radiante, consu espléndido cuerpo de diosa lúbrica y su mirada de tigresa en celo.
Abajo, pequeño, ataviado entero de traje blanco, de espaldas al escenario, Dámaso Pérez Prado agita una batuta que parece hipnotizar a sus músicos.
Al cuarto movimiento del artefacto que coincide con el golpeteo de su zapato diestro, estalla el mambo número 5, suma y resumen de siglos de selvas sensuales e inexploradas; conga, bongó y timbales; sonido de trompetas altísimas y un piano cuya albura es sólo alterada por las morenas y diminutas manos del maestro Dámaso.
Ella empieza a descender con un sismo de caderas y su busto cimbreante. Echa su torso hacia adelante y se nota aún más el mechón que la hizo famosa.
Ya en tierra, en el piso del Tívoli, pareciera oírse un rugido de montañas que se abren para parir el ritmo frenético de ese ángel de carne llamado Tongolele, o Yolanda Montes, como usted prefiera.
La escena que presencié una calurosa tarde de cine barrial en 1954 corresponde a la filmografía de la diva: la película “Han matado a Tongolele” que ella filmó en 1948.
A los 71 años (otros dicen que 73) alguien podría imaginarse a Tongolele como una adiposa abuela enredada en una lucha desigual contra la artritis y la neurosis. Pero no es así. Luce intemporal, bellísima, Radiante. Es como si un secreto designio la preservara de las injurias del tiempo para que siga bailando el mítico mambo, aquella música de la que dijo García Márquez que había sido “un golpe de estado contra la soberanía de todos los ritmos”.
¿Quién es esta mujer que a su edad todavía despierta pasiones furiosas en los hombres y obliga a persignarse a las beatas?
Nació el 3 de enero de 1930 (¿o 1932) en Spokane, en el estado de Washington. Su padre era inglés-francés-tahitiano y su madre española-sueca. A los 15 años integró el Ballet Internacional de San Francisco, California. Bailó en el Huracán, famoso cabaret tahitiano y fue contratada para una gira en una compañía cubana de revistas que trabajaba habitualmente en el Wilshire Ebbel Theatre de Hollywood.
El nombre de Tongolele lo eligió ella misma para la revista cubana sin saber que se quedaría con él para siempre.
En 1946 llegó a México. No hablaba español pero pudo trabajar con Agustín Lara y Pedro Infante en el Teatro Follies para pasar más tarde al famoso Tívoli.
Era la época de las grandes figuras del cine: Dolores del Río, María Félix, Charito Granados, Blanca Estela Pavón, Libertad Lamarque, Katy Jurado y Mapy Cortés.
Era también la era de las grandes rumberas: Meche Barba, Ninón Sevilla, María Antonieta Pons y Amalia Aguilar.
Su cuerpo espectacular, sus ojos verdes, su prodigio para el baile la hizo famosa muy pronto. “La reina de las danzas tahitianas” la llamó el periodista Carlos Estrada Lang.
Cada noche miles de espectadores se congregaban a disfrutar de sus movimientos felinos. Fue la primera bailarina en mostrar el ombligo lo cual la colocó en la mira de la furiosa Liga de la Decencia que llegó a pedir que se impidiera su actuación.
En 1947 rodó en México su primera película: “Nocturno de Amor”, dirigida por Emilio Gómez Muriel con la actuación de Miroslava y Víctor Junco.
En 1948 filmó “Han matado a Tongolele” y siguió participando musicalmente en películas como “El rey del barrio”. “Mátenme porque me muero” y “Chucho el remendado”.
En 1956, en Nueva York, contrajo nupcias con el percusionista cubano Joaquín González, llamado “El mago del tambor”, quien trabajó con ella hasta su muerte en 1996.
Su longevidad artística es única en el mundo pues es difícil hallar a una abuela de su edad provocando fantasías eróticas en los jóvenes y en los no tan jóvenes.
Tongolele lo explica así: “Te retiras cuando el público no te quiere, cuando no te llaman para trabajar”. Afortunadamente el fono de Yolanda no para de repiquetear. “Sigo vigente —agrega— bailo todos los días y sigo aprendiendo y actualizando mis rutinas. Nunca he dejado de bailar, lo hago a diario”.
Para Enrique Rosado, periodista, Tongolele es una “figura artística sin parangón, un fenómeno nunca imaginado, un mito largamente esperado”.
El célebre escritor Carlos Monsiváis sostiene que Yolanda Montes es “un fenómeno de los años 40 y 50 que rompe los esquemas de una sociedad moralina, donde existían muchos tabúes que ella abatió con la Tongomanía”.
No sólo es un ícono del baile al que la cultura mexicana le dedicó, junto a célebres balletistas, en 2001 el Día Internacional de la Danza. A mediados de los años 60 grabó con la CBS un disco de larga duración titulado “Tongolele canta para usted” con bellos boleros.
Grandes escritores se han inspirado en ella para sus libros, tal el caso de “Bellezas del cine mexicano”, de Rogelio Agrasánchez, “Rumberas, exóticas y bailarinas”, de Enmundo Pérez Medina; “la Diosa-Pantera: Tongolele”, de varios autores, y “Las dueñas de la noche”, de Cristina Pacheco.
Ha hecho telenovelas pero hoy, a la par de la danza, su obsesión es la pintura, arte en la que ha sido reconocida internacionalmente.
Hace cuatro años se reveló como escritora en su libro autobiográfico: “No han matado a Tongolele” que describe su supervivencia en el escenario por más de medio siglo.
Allí puede leerse su fantástica aventura en República Dominicana en los años 50.
He aquí el relato: “Una vez en Santo Domingo me di cuenta que entre el público estaba el dictador Rafael Leónidas Trujillo. Todas mis compañeras regresaban del escenario temblando por haberlo visto. Desde el principio le dije a mi esposo: ‘en cuanto termine nos vamos corriendo’. Cuando acabé mi número salimos, pero en vez de irnos al hotel, donde estaba segura que Trujillo mandaría a buscarme, nos quedamos hasta las cuatro de la mañana en un restaurante. Luego supe que, en efecto, el dictador había estado llamando al hotel para que acudiera a no sé donde”.
Tongolele, un mito viviente, una mujer incomparable.







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